Edward estaba absorto en sus pensamientos, al igual que Olivia, cuando de pronto John Watson apareció en el umbral de la puerta.

– ¿Cómo has conseguido entrar sin que te anunciaran? ¿ Es que ahora te dedicas a escalar ventanas?

Edward se echó a reír mientras se levantaba para saludar a su amigo.

– Nadie se fija en mí -respondió el abogado con tono jocoso.

John Watson era alto, de cabello blanco y abundante, y porte aristocrático, al igual que Henderson. De joven, el pelo de éste era de color azabache, como el de sus hijas, quienes habían heredado también sus ojos azules.

Los dos hombres se habían conocido en el colegio, donde Henderson había sido el mejor amigo del hermano mayor de John, que había fallecido unos años antes. Desde entonces les unía una buena amistad y cooperación en todos los asuntos legales.

Mientras conversaban, Olivia echó un último vistazo a la bandeja antes de abandonar la estancia para comprobar que todo estaba en orden. Al dar media vuelta casi tropezó con Charles Dawson. Era extraño verle allí después de haber hablado sobre él, y también le resultaba embarazoso estar al corriente de su tragedia sin ni siquiera conocerse. Pensó que era un hombre atractivo pero de carácter serio y jamás había visto unos ojos tan tristes; eran verdes, como el mar. El joven abogado esbozó una leve sonrisa al estrechar la mano de su padre. Cuando habló, Olivia detectó algo más que tristeza en su mirada, descubrió una gran bondad y ternura, y sintió un impulso incontrolable de consolarle.

– Encantado -dijo Dawson mientras le tendía la mano y la estudiaba con curiosidad.

– ¿Le apetece una limonada? -preguntó Olivia, que de pronto se sintió tímida y buscó refugio en sus obligaciones domésticas-. ¿O prefiere una copita de jerez? He de admitir que a mi padre le gusta más el jerez, incluso en días tan calurosos como éste.



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