– Limonada, por favor -contestó sonriente.

Olivia ofreció otro vaso de refresco a John Watson y los tres hombres pasaron a degustar las galletas. Una vez cumplidas todas las formalidades, la joven se retiró y cerró la puerta tras de sí, pero la mirada de Charles Dawson seguía fija en su mente. Se preguntó cuántos años tendría su hijo y cómo se las apañaría sin su esposa; probablemente ya había encontrado a otra mujer. Intentó apartarlo de sus pensamientos, era ridículo preocuparse así por uno de los abogados de su padre, además de inadecuado. Se reprendió mientras se dirigía hacia la cocina. De camino hacia allí, se topó con Petrie, el ayudante del chófer, un muchacho de dieciséis años. Había trabajado en los establos hasta que Henderson, que era un apasionado de las máquinas modernas, compró un coche, y como el chiquillo entendía más de automóviles que de caballos ascendió a un puesto que le satisfacía más.

– ¿Qué sucede, Petrie? -preguntó Olivia al notar que el chico estaba muy alterado.

– Tengo que hablar con su padre de inmediato, señorita -comunicó. Parecía a punto de romper a llorar.

Olivia le alejó de la puerta de la biblioteca para impedir que interrumpiera la reunión de los tres hombres.

– Ahora no es posible, está ocupado. ¿ Puedo ayudarte yo?

El muchacho vaciló y miró con inquietud alrededor, como si temiera que alguien le oyera.

– Se trata del Ford…lo han robado. Tenía los ojos bañados en lágrimas. Cuando todos se enteraran, perdería el mejor trabajo que jamás había tenido. No entendía cómo podía haber sucedido algo así.

– ¿ Robado? -exclamó Olivia, tan sorprendida como él-. ¿ Cómo es posible? ¿ Cómo puede haber entrado alguien y habérselo llevado sin más?

– No lo sé, señorita. Esta mañana lo lavé hasta que quedó tan reluciente como el primer día. Después dejé la puerta del garaje entreabierta para que se aireara un poco, hace tanto calor ahí dentro…y media hora más tarde había desaparecido.



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