
El chico se mostraba compungido y Olivia posó una mano sobre su hombro. Algo le había llamado la atención del relato.
– ¿ A qué hora fue eso, Petrie? ¿ Lo recuerdas? -preguntó con calma.
Estaba acostumbrada a resolver pequeños problemas casi a diario, y éste en particular no parecía demasiado grave.
– Eran las once y media, estoy seguro.
Olivia recordó que había visto a su hermana por última vez a las once. Habían comprado el Ford un año atrás para hacer recados en la ciudad; en ocasiones más formales utilizaban el Cadillac Tourer.
– ¿ Sabes qué? Creo que es mejor no decir nada por ahora. Tal vez lo ha cogido alguien del servicio para hacer un encargo. Quizás haya sido el jardinero; le pedí que fuera a casa de los Shepard a buscar unos rosales y se habrá olvidado de avisarte.
Olivia, que estaba convencida de que el coche no había sido robado, necesitaba ganar tiempo. Si su padre se enteraba, llamaría a la policía y sería muy embarazoso. Tenía que impedirlo.
– Kittering no sabe conducir, señorita. Nunca cogería el Ford, sino uno de los caballos, o la bicicleta.
– Bueno, quizás haya sido otra persona. De todos modos no debemos decir nada a mi padre por el momento. Esperemos a ver si lo devuelven; estoy segura de que así será. ¿ Por qué no tomas una limonada y unas galletas?
Condujo hacia la cocina a Petrie, que seguía muy nervioso, pues le aterraba la idea de que Edward Henderson le despidiera. Olivia le tranquilizó mientras le ofrecía un refresco y un irresistible plato de galletas. Le aseguró que pasaría a verle más tarde, no sin antes hacerle prometer que no diría ni media palabra a su padre, y guiñó un ojo a la cocinera antes de apresurarse a salir con la esperanza de evitar a Bertie, que avanzaba en su dirección. Logró esquivarla y se dirigió al jardín, donde percibió el calor bochornoso propio del norte del estado de Nueva York. Por eso todos sus vecinos emigraban a Newport y Maine durante los meses estivales. En otoño el lugar volvería a ser delicioso, y en primavera era idílico, pero los inviernos resultaban muy duros y los veranos todavía más. La mayoría de residentes se trasladaba a la ciudad en invierno ya la costa en verano, pero su padre no se movía de Croton-on Hudson en todo el año.
