
Olivia deseó tener tiempo para ir a nadar mientras recorría su sendero favorito, que conducía a un hermoso jardín oculto en la parte posterior de la finca, por donde le agra- daba cabalgar. En esa parte, una valla estrecha separaba Henderson Manor de las tierras del vecino, pero a menudo la saltaba para disfrutar de un largo paseo a caballo. A nadie le importaba, todos compartían estas colinas como una gran familia.
A pesar del calor, anduvo. durante largo rato. Ya no pensaba en el coche desaparecido, sino en Charles Dawson y en la manera tan trágica en que había perdido a su mujer. Imaginó su creciente desesperación cuando llega- ron las primeras noticias del hundimiento. Estaba sentada en un tronco, pensativa, cuando de pronto distinguió a lo lejos el ruido del motor de un coche. Aguzó el oído y cuando levantó la vista divisó el Ford robado, que cruzaba la estrecha verja de madera que conducía a la parte posterior de la casa. A pesar de rozar uno de los lados del auto- móvil, el conductor no disminuyó la velocidad. Atónita, Olivia descubrió en el interior del vehículo a su hermana, que sonreía y la saludaba con una mano en la que sostenía un cigarrillo. Observó cómo detenía el coche sin dejar de sonreír y lanzaba una bocanada de humo en su dirección.
– ¿ Sabes que Petrie iba a decir a nuestro padre que alguien había robado el coche y que, si le hubiera dejado, habría llamado a la policía?
No estaba sorprendida de verla en el coche, pero tampoco contenta, si bien se había acostumbrado a las travesuras de su hermana menor. Las dos jóvenes se miraron fijamente: la primera, con semblante tranquilo, pero a todas luces disgustada; la segunda, satisfecha de su hazaña.
