
Como siempre, su parecido les proporcionaba la coartada perfecta. Nadie sabía quién había hecho qué, algo de lo que se aprovechaba más Victoria que su hermana, que raras veces necesitaba un chivo expiatorio.
– Lo adivinarían si fueran un poco más listos -replicó Olivia mientras subía al coche.
Mientras avanzaban por el abrupto sendero, Olivia no dejó de protestar por su modo de conducir. Cuando Victoria le ofreció un cigarrillo, quiso reñirla de nuevo, pero comenzó a reír. Era imposible controlar a su hermana. Al entrar en el garaje casi atropellaron a Petrie, que las contempló boquiabierto. Las gemelas se apearon al mismo tiempo, le dieron las gracias al muchacho al unísono y Victoria se disculpó por los daños causados.
– Pero… yo pensaba que… Quiero decir… señorita… gracias…señorita Olivia…señorita Victoria…
– No sabía quién era quién ni quién había hecho qué, pero tampoco pretendía averiguarlo. Sólo tenía que arreglar los desperfectos y darle una capa de pintura. Al menos nadie lo había robado.
Con aire muy digno, las dos jóvenes se dirigieron a la casa, subieron por los escalones de la entrada y prorrumpieron en carcajadas.
– Eres terrible -comentó Olivia-. El pobre muchacho pensaba que nuestro padre iba a matarle. Un día de éstos acabarás con tus huesos en la cárcel, estoy segura.
– Yo también -repuso Victoria con despreocupación-. Si eso ocurriera, podrías hacerte pasar por mí un par de meses para permitirme tomar el aire y asistir a alguna que otra reunión. ¿ Qué te parece?
– Fatal. Me niego a seguir encubriéndote -avisó Olivia.
A pesar de todo, quería a su hermana más que a nadie en el mundo, disfrutaba de su compañía, era su mejor amiga. Se conocían a la perfección y nunca eran tan felices como cuando estaban juntas, aunque últimamente Victoria pasaba mucho tiempo fuera metiéndose en toda clase de líos.
