
Charlaban y reían en el vestíbulo cuando se abrió la puerta de la biblioteca y salieron los tres hombres. Al verles las jóvenes guardaron silencio. Olivia advirtió que Charles las miraba con perplejidad, como si tratara de comprender cómo era posible que existieran dos mujeres tan idénticas y hermosas, aunque presentía que había ciertas diferencias entre ellas. Dawson tenía la vista clavada en Victoria, que llevaba el cabello un poco más alborotado que su hermana; notaba en ella un espíritu indomable.
– ¡Vaya! -Henderson sonrió al advertir la reacción de Charles-. ¿No le había avisado?
– Sí, ya me lo había advertido, es cierto -respondió el abogado ruborizado.
Apartó la mirada de Victoria, la posó de nuevo en Olivia y después se volvió hacia el padre de las jóvenes.
– No es más que una ilusión óptica, no se preocupe -bromeó Edward. Le gustaba Charles, era un buen hombre. La reunión había sido fructífera, había aportado nuevas ideas y maneras de mejorar el negocio y proteger sus inversiones-. Debe de ser el jerez -añadió.
Charles rió, lo que le hizo parecer más joven de repente. Sólo tenía treinta y seis años, pero en los últimos doce meses se había tornado muy serio, hasta sus amigos decían que había envejecido de golpe. Aun así, mientras observaba con expresión aturdida a las gemelas, que se acercaron a él para tenderle la mano, parecía un niño. Edward le presentó de nuevo a Olivia, ya Victoria por primera vez. Las jóvenes prorrumpieron en carcajadas al instante: su padre se había confundido.
– ¿ Le sucede a menudo? -preguntó Charles.
– Todo el tiempo, pero no siempre se lo decimos -con- testó Victoria mirándole fijamente a los ojos.
Charles estaba fascinado por ella, en cierta manera era más sensual que su hermana; la ropa, el rostro y el cabello eran idénticos, pero no el engranaje interior de cada una.
– Cuando eran niñas solíamos colocarles en el pelo lazos de diferentes colores para identificarlas. El sistema funcionó muy bien hasta que un día descubrimos que los diablillos habían aprendido a quitárselos y atarlos de nuevo para confundirnos. Durante meses se hicieron pasar la una por la otra, eran terribles -explicó Edward con evidente orgullo y cariño.
