A pesar de que le desagradaba la expectación que despertaban dondequiera que fueran, las adoraba. Eran un regalo de la mujer a la que más había amado, nunca había querido tanto a nadie, excepto a sus hijas.

– ¿Se portan mejor ahora? -inquirió Charles divertido.

– Sólo un poco. -El comentario provocó las risas de todos, y Henderson se dirigió a sus hijas con tono gruñón-. De todos modos, será mejor que os portéis bien a partir de ahora. Según estos caballeros es necesario que vaya a Nueva York a principios de septiembre y permanezca allí un mes para ocuparme de algunos negocios y, si esta vez con- seguís no alborotar a toda la ciudad, os llevaré conmigo. Pero si alguna de vosotras hace alguna tontería -añadió mientras deseaba saber cuál de las dos era Victoria-, os enviaré de vuelta con Bertie.

– Sí, señor -respondió Olivia con una leve sonrisa, consciente de que la advertencia no iba dirigida a ella, sino a su hermana..

En cambio Victoria no estaba dispuesta a prometer nada; sus ojos se habían iluminado ante la idea de pasar un mes en la ciudad.

– ¿En serio? -preguntó.

– ¿Que si os mandaré de vuelta a casa? Por supuesto. -No, me refería a lo de Nueva York -aclaró mirando primero a su padre y luego a los abogados. Todos sonreían.

– Incluso podrían ser dos meses si ellos no hacen bien su trabajo y pierden el tiempo.

– ¡Qué bien! -exclamó Victoria dando palmaditas y haciendo una pequeña pirueta antes de coger a Olivia por los hombros-. ¡Ollie! ¡Imagínatelo! ¡Nueva York!

Victoria estaba fuera de sí de alegría, y su padre sintió una punzada de culpabilidad al pensar en lo aisladas que estaban sus hijas en Croton. A su edad deberían vivir en la ciudad, conocer gente y encontrar marido, pero temía que le abandonaran para siempre, sobre todo Olivia. ¿ Qué haría sin ella? En cualquier caso se preocupaba antes de tiempo; ni siquiera habían preparado el equipaje y ya imaginaba a sus hijas casadas, y a él, solo.



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