Henderson Manor era muy hermosa, y muchos visitantes recorrían largas distancias a fin de curiosear entre las verjas, aunque la casa apenas se divisaba desde el exterior, pues estaba protegida por altos árboles. Un camino sinuoso conducía a la entrada principal del edificio, que se erigía sobre un acantilado con, vistas al río Hudson, y Edward Henderson a menudo permanecía horas sentado en su estudio contemplando el paisaje, recordando el pasado, a los viejos amigos, los días en que la vida transcurría con mayor celeridad o el momento en que tomó las riendas del negocio de su padre, en los años setenta, para transformarse en una pieza clave de los cambios acontecidos a final de siglo. En aquellos tiempos su vida era muy diferente: se había casado joven, pero su mujer e hijo fallecieron víctimas de una epidemia de difteria, y permaneció solo muchos años hasta que conoció a Elizabeth. Ella representaba todo cuanto un hombre podía desear, era como un rayo de luz, tan deslumbrante y bella, pero pronto desapareció de su vida; se casaron un año después de conocerse, ella con diecinueve años y él con cuarenta y pocos, pero a los veintiún años Elizabeth falleció al dar a luz. Después de su muerte Edward se dedicó en cuerpo y alma a sus negocios; trabajó más que nunca, hasta que recordó su responsabilidad hacia sus hijas, a las que había dejado al cuidado de una niñera. Fue entonces cuando decidió construir Henderson Manor, pues deseaba que disfrutaran de una vida sana alejadas de la ciudad; en 1903 Nueva York no era el lugar más apropiado para criar a dos niñas. Sus hijas, que tenían diez años cuando se trasladaron a la mansión, contaban ahora veinte. Henderson había conservado la casa de la ciudad para trabajar, pero las visitaba en Croton siempre que le era posible. Al principio sólo iba los fines de semana pero, paulatinamente, se enamoró del lugar y comenzó a pasar cada vez más tiempo en Hudson que en Nueva York, Pittsburgh o Europa; allí era donde se hallaba su hogar, en Croton, junto a sus hijas.



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