A medida que crecían, su vida se volvió más tranquila; le complacía su compañía y jamás se alejaba de su lado. En los últimos dos años no se había movido de Croton, y desde hacía tres padecía problemas de corazón, pero la afección sólo resultaba peligrosa si trabajaba en exceso o sufría un disgusto, algo que no sucedía a menudo.

Habían transcurrido veinte años desde que falleció la madre de las niñas en un caluroso día de la primavera de 1893. Su muerte representó para Henderson la última traición de Dios. Había esperado impaciente durante el parto, lleno de orgullo y emoción, jamás había soñado con volver a tener descendencia. Su primera esposa y su hijo habían muerto hacía más de doce años, pero la pérdida de Elizabeth le hundió por completo. A los cuarenta y cinco años, era como una estacada mortal, no podía vivir sin ella. Elizabeth falleció en la residencia de Nueva York. En un principio, Henderson sentía su presencia allí, pero a medida que transcurría el tiempo comenzó a detestar la casa vacía, por lo que pasaba meses enteros viajando. No obstante, evitarla implicaba no ver a las dos pequeñas que Elizabeth le había dejado. A pesar de lo sucedido, Henderson se sentía incapaz de venderla, pues la había mandado construir su padre y en ella había discurrido su niñez. Tradicional hasta la médula, se consideraba obligado a mantenerla para sus hijas, por lo que simplemente la cerró. Ya hacía dos años que no la visitaba y, ahora que vivía en Croton, tampoco la extrañaba; no añoraba su antiguo hogar ni Nueva York, y tampoco la vida social que había dejado atrás.

Olivia proseguía con su inventario; había extendido sobre la mesa unas grandes hojas de papel en las que anotaba con minuciosidad tanto lo que debía reemplazarse como lo que habían de encargar. En ocasiones había enviado a algún miembro del servicio a la casa de Nueva York para que trajera alguna pieza, pero ahora estaba cerrada.



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