
– Espero verle más por la ciudad, Charles -dijo Edward al estrechar la mano del abogado en la puerta.
Mientras Victoria seguía hablando de Nueva York sin prestar atención a las visitas, Olivia observó a Charles, quien aseguró a Henderson que le vería con frecuencia si John Watson le permitía llevar sus negocios. Edward instó a los dos a visitarle más a menudo. Charles agradeció la invitación y miró a Victoria. No sabía de cuál de las dos gemelas se trataba, pero sentía una gran atracción por ella.
Henderson los acompañó al coche, y Olivia les contempló desde la ventana. A pesar de su agitación, Victoria se percató de ello.
– ¿Qué te pasa? -Había interceptado la mirada de Olivia.
– ¿Por qué lo preguntas? -inquirió a su vez su hermana mientras se dirigía a la biblioteca para comprobar si había retirado la bandeja.
– Estás muy seria, Ollie -observó Victoria. Se conocían demasiado bien, lo que en algunas ocasiones resultaba pe- ligroso y, en otras, simplemente irritante.
– Su esposa murió en el Titanic el año pasado y según nuestro padre tiene un hijo pequeño.
– Siento lo de su mujer -dijo Victoria sin que su voz delatara compasión alguna-, pero ¿ no te parece un hombre muy aburrido? -preguntó mientras pensaba en todos los placeres que le esperaban en Nueva York, como reuniones políticas y mítines de sufragistas, actividades que no interesaban en absoluto a su hermana-. Lo encuentro muy seno.
Olivia asintió en silencio y entró en la biblioteca para escabullirse del interrogatorio de su hermana. Cuando salió, satisfecha de que hubieran retirado la bandeja, Victoria ya había subido a cambiarse para la cena. Olivia había preparado el vestido esa misma tarde, ambas llevarían un traje de seda blanco con un broche de aguamarina.
