
Olivia fue a la cocina en busca de Bertie.
– ¿Te encuentras bien? -preguntó la mujer con preocupación.
A pesar del calor, Olivia había paseado durante largo rato y ahora estaba muy pálida.
– Estoy bien. Mi padre acaba de comunicarnos que a principios de septiembre iremos a Nueva York. Estar mos un par de meses, pues tiene que ocuparse de varios asuntos. -Ambas sabían lo que significaba eso: toneladas de trabajo-. He pensado que podríamos empezar a organizarlo todo mañana a primera hora.
Había mucho en lo que pensar, muchas cosas que preparar, algo que su padre ignoraba por completo.
– Eres una buena chica -dijo Bertie mientras le acariciaba la mejilla y escrutaba sus ojos azules para adivinar qué le había disgustado. En esos momentos Olivia experimentaba una sensación extraña en su interior que la confundía y ponía nerviosa-. Haces tanto por tu padre -la alabó Bertie. Conocía bien y quería a las gemelas, con sus virtudes y defectos. Por muy diferentes que fueran, ambas eran buenas chicas.
– Hasta mañana, entonces.
Olivia subió para cambiarse, pero decidió ir por la escalera trasera con el fin de tener tiempo de pensar y evitar que Victoria leyera su mente como si se tratara de un libro abierto.
Intentó pensar en otras cosas, pero cuando entró en el dormitorio que compartía con su hermana descubrió que no podía apartar de su mente al abogado. Con la mano en el pomo de la puerta, cerró los ojos unos instantes y se obligó a distraerse con asuntos más mundanos, como las sábanas nuevas que tendría que encargar o las fundas de almohada para su padre.
CAPITULO 2
La tarde del primer miércoles de septiembre, Olivia y Victoria partieron hacia Nueva York en el Cadillac Tourer, que conducía el chófer de su padre, Donovan. Les seguía Petrie al volante del Ford con la señora Peabody.
