Los co- ches iban cargados de provisiones. El día anterior habían salido dos vehículos más con los baúles de ropa y los enseres que Olivia y Bertie consideraban imprescindibles para la casa. Victoria, por su parte, sólo se había preocupado de empaquetar dos arcas de libros y un maletín lleno de periódicos que quería leer, mientras que de la ropa dejó que se ocupara Olivia. Jamás le había preocupado lo que lleva- ha, siempre se fiaba del gusto de su hermana, que devoraba todas las revistas de moda de París, mientras que ella prefería las publicaciones políticas y clandestinas del partido de las mujeres.

A Olivia le inquietaba el estado en que encontraría la casa de la Quinta Avenida que llevaba dos años deshabita- da. Mucho tiempo atrás había sido un lugar acogedor. Allí era donde había fallecido su madre, y el lugar guardaba re- cuerdos muy dolorosos para su padre. Por otro lado, también había acogido el nacimiento de las gemelas, y en ella Edward Henderson y su joven esposa habían compartido momentos muy felices.

Cuando llegaron, Olivia dejó que Donovan, llave inglesa en ristre, se ocupara de los cuartos de baño y ajustara y aflojara todo cuanto fuera necesario. Mientras tanto, pidió a Petrie que la llevara al mercado de flores de la Sexta A venida con la calle Veintiocho y regresó dos horas más tarde con el coche repleto de ásters y azucenas. Deseaba llenar la casa con las flores predilectas de su padre, que llegaría dos días más tarde.

A continuación necesitaron todo un ejército de sirvientes para retirar las fundas de los muebles, airear las habita- ciones y sacudir los colchones y las alfombras. La tarde del día siguiente, cuando Olivia y Bertie se reunieron en la cocina para tomar el té, estaban satisfechas del trabajo realizado. Habían encendido los candelabros, cambiado la disposición de los muebles y retirado las pesadas cortinas para que entrara más luz.

– Tu padre estará muy contento -comentó Bertie mientras le servía una segunda taza.



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