
En esos momentos Olivia pensaba en las entradas que debía comprar para el teatro. Habían estrenado varias obras nuevas y su hermana y ella estaban decididas a asistir a todas antes de regresar a Croton-on-Hudson. Fue entonces cuando se preguntó dónde estaría Victoria, a la que había visto por última vez a primera hora de la mañana, cuando se disponía a ir a la biblioteca Low de Columbia y al museo Metropolitan. Le había aconsejado que la acompañara Petrie, pero su hermana había insistido en coger un tranvía, pues prefería la aventura. Se había olvidado de ella por completo hasta este instante y sintió cierta inquietud.
– ¿ Crees que a mi padre le importará que hayamos cambiado la disposición de los muebles? -preguntó con aire distraído, con la esperanza de que Bertie no se percatara de su creciente nerviosismo.
La preocupación hizo que olvidara el dolor de espalda que le había provocado el intenso trabajo de los dos últimos días. Las hermanas tenían un sexto sentido y presentían cuándo la otra se encontraba en un apuro. Era una especie de dispositivo de alarma que advertía del peligro, pero Olivia no estaba segura del mensaje esta vez.
– Tu padre estará encantado -aseguró Bertie sin advertir su inquietud-. Debes de estar agotada.
– La verdad es que sí -admitió Olivia, que se dirigió de inmediato a su dormitorio para pensar con tranquilidad.
Ya eran las cuatro de la tarde, y Victoria había salido poco después de las nueve de la mañana. Se recriminó no haber insistido en que la acompañara alguien, esto no era Croton-on-Hudson, su hermana era una joven atractiva, que carecía de experiencia en la gran ciudad. ¿ y si la habían agredido o secuestrado? Mientras caminaba de un lado a otro de la habitación, oyó el timbre del teléfono y supo de inmediato que era ella. Corrió hacia el único aparato que había en la casa, en la planta superior, y descolgó el auricular.
