
Sabía que a su padre no le gustaba la ciudad y, al igual que él, era feliz en Croton-on-Hudson. Desde que era pequeña pasaba muy poco tiempo allí, a excepción de una corta estancia hacía dos años, cuando su padre la llevó junto con su hermana para presentarlas en sociedad. La experiencia fue interesante pero agotadora, le abrumaban tantas fiestas, visitas al teatro y convenciones sociales, era como estar continuamente en lo alto de un escenario y detestaba ser el centro de atención. En cambio su hermana, Victoria, había disfrutado mucho, y el regreso a Croton por Navidad le resultó muy triste. A Olivia la alivió retornar a sus libros, su casa, sus caballos y sus paseos tranquilos por el acantilado; le gustaba cabalgar, contemplar el despertar de la primavera mientras el invierno se desleía despacio y admirar el esplendor de las hojas caídas en octubre. Era feliz llevando la casa de su padre, lo que hacía casi desde niña con la ayuda de Alberta Peabody, el ama de llaves. Bertie era lo más parecido a una madre que jamás había conocido. De vista cansada pero mente despierta, era capaz de distinguir a las niñas en la oscuridad y con los ojos cerrados.
En ese momento Bertie se acercó para interesarse por los progresos de Olivia con el inventario. Carecía de la paciencia y la agudeza visual necesarias para efectuar un trabajo tan meticuloso y agradecía que se ocupara de ello Olivia, que siempre estaba dispuesta a realizar las labores domésticas, a diferencia de Victoria. De hecho las dos hermanas eran muy distintas en todos los aspectos.
– ¿ Están todos los platos rotos o podremos celebrar la comida de Navidad? -inquirió Bertie sonriente mientras le ofrecía un vaso de limonada helada y un plato de galletas recién cocidas.
Hacía veinte años que Alberta cuidaba de estas niñas, de «sus niñas», que pasaron a ser suyas el día en que nacieron y falleció su madre.