
– Necesitamos más platos hondos -explicó Olivia. Al retirarse el cabello de la cara reveló un bello rostro de cutis blanco y grandes ojos azul oscuro enmarcados por una melena de un negro azabache-. También hacen falta más platos de pescado. Los encargaré la semana que viene. Habrá que decir a los empleados de la cocina que tengan más cuidado.
Bertie asintió sonriente. Olivia podría estar ya casada y tener su propia vajilla, pero era feliz cuidando de su padre, no sentía necesidad de ir a otro lado, a diferencia de Victoria, que siempre hablaba de lugares remotos y consideraba un desperdicio no utilizar la casa de Nueva York, pues consideraba que se estaba perdiendo todo un mundo de diversión en la ciudad.
Olivia dedicó a Bertie una sonrisa infantil. Con su vestido de seda azul celeste que le llegaba casi hasta los tobillos, daba la impresión de estar envuelta por un pedazo de cielo estival. Había copiado el modelo de una revista y encargado la confección a la modista del pueblo; el patrón era de Poiret y resaltaba su figura. Siempre era ella quien seleccionaba y diseñaba los trajes tanto para ella como para Victoria, que no mostraba el menor interés por la moda.
