
– Las galletas están buenísimas, a mi padre le encantarán. -Olivia las había preparado especialmente para él y su abogado, John Watson-. Habrá que ponerlas en una bandeja, ¿o ya lo has hecho tú?
Las dos mujeres intercambiaron una sonrisa de complicidad fruto de compartir responsabilidades y obligaciones desde hacía años.
Olivia se había convertido en toda una mujer y era la encargada de llevar la casa. Bertie la respetaba y siempre tenía en cuenta su opinión, lo que no impedía que discutiera con ella o la amonestara si lo juzgaba conveniente, a pesar de que ya tenía veinte años.
– Ya he preparado la bandeja, pero he dicho a la cocinera que esperara hasta que dieras tu aprobación.
– Gracias.
Olivia descendió de lo alto de la escalera con movimientos gráciles para darle un beso en la mejilla y apoyó la cabeza sobre su hombro, como una niña; luego salió corriendo para atender a su padre y su abogado.
Pidió una jarra de limonada en la cocina, un gran plato de galletas y unos emparedados de pepino con finas rodajas de tomate. También había jerez y alguna bebida más fuerte. Al haberse criado con su padre, a Olivia no le escandalizaba que los hombres tomaran whisky o fumaran.
Tras dar el visto bueno a la bandeja, fue a la biblioteca para reunirse con su padre. Había corrido antes las cortinas rojas de brocado para evitar que se calentara la habitación y ahora las ajustó mientras preguntaba:
– ¿Qué tal te encuentras hoy? Hace calor, ¿verdad?
– Sí, pero me gusta -respondió Henderson, y le dedicó una mirada llena de orgullo.
Henderson solía decir que sería incapaz de llevar la casa sin Olivia. Asimismo afirmaba en broma que uno de los Rockefeller acabaría tomándola por esposa para que se ocupara de la gran mansión de Kyhuit, dotada de todas las modernidades imaginables, desde teléfonos hasta calefacción central. Henderson incluso había llegado a declarar con sorna que Henderson Manor era una cabaña al lado de la residencia de sus vecinos.
