
– A mis pobres huesos les va bien el calor -dijo mientras encendía un cigarro-. ¿ Dónde está tu hermana? -preguntó.
Siempre era fácil encontrar a Olivia en algún lugar de la casa, ya fuera confeccionando listas, redactando notas para los empleados o colocando flores en el escritorio de su padre, pero era más difícil seguir la pista a Victoria.
– Creo que está en casa de los Astor jugando a tenis -respondió Olivia.
No sabía dónde se encontraba su hermana, pero lo sospechaba.
– No me digas. Creía que los Astor pasaban el verano en Maine.
La mayoría de sus vecinos se trasladaba a la costa cuan- do llegaba el calor, pero a Henderson no le agradaba abandonar Croton, por muy bochornoso que fuera el estío.
– Disculpa. -Oliva se sonrojó por la mentira que había dicho para encubrir a su hermana-. Creía que habían regresado de Bal Harbor.
– Por supuesto -repuso su padre divertido-. Sólo Dios sabe dónde andará tu hermana y qué estará tramando.
Ambos sabían que las travesuras de Victoria eran inofensivas; era tan independiente como su difunta madre y, aunque Edward Henderson temía que fuera algo excéntrica, estaba dispuesto a tolerarlo siempre y cuando no se pasara de la raya. Lo peor que podía sucederle era que cayera de un árbol, pillara una insolación después de caminar kilómetros para visitar a sus amigos o se adentrara demasiado en el río cuando iba a nadar. Sus diabluras eran inocentes. Victoria no mantenía ningún romance en la vecindad ni tenía pretendientes, aunque varios jóvenes Rockefeller e incluso Van Cortland habían mostrado considerable interés por ella. No obstante, Henderson sabía que era mucho más intelectual que romántica.
– Iré a buscarla -dijo Olivia cuando subieron la bandeja de la cocina.
– Necesitamos otro vaso -observó su padre mientras encendía de nuevo el cigarro.
