A continuación dio las gracias al criado, de cuyo nombre no se acordaba.

Henderson no era como Olivia, que conocía a todos los empleados, sus nombres y sus vidas, a sus padres, herma- nos e hijos. Conocía sus virtudes y defectos e incluso sus travesuras; sin duda era la señora de la casa, quizá más de lo que jamás lo hubiera sido su madre. A veces Olivia presentía que era su hermana quien más se parecía a Elizabeth.

– ¿John trae compañía? -preguntó sorprendida.

El abogado solía acudir solo, excepto cuando había problemas, pero Olivia no había oído nada al respecto, y su padre solía compartir esa clase de información con sus hijas. Sus negocios acabarían pasando a sus manos algún día, aunque seguramente vendería la acería, a menos que una se casara con un hombre capaz de dirigirla, algo en lo que Edward no confiaba demasiado.

El hombre suspiró antes de responder:

– Por desgracia sí, hija mía. Me temo que ya he vivido demasiado tiempo. He sobrevivido a dos esposas y un hijo. Mi médico falleció el año pasado, he perdido a la mayoría de mis amigos en la última década y ahora John Watson ha decidido retirarse. Por eso viene con un nuevo abogado de su bufete que al parecer le agrada mucho.

– John no es tan viejo -repuso Olivia-, y tú tampoco; no quiero que hables así.

No obstante sabía que se sentía mayor desde que comenzó a padecer problemas de salud y todavía más desde que se jubiló.

– Sí lo soy, no tienes ni idea de lo que se siente cuando te abandonan las personas que te rodean -masculló al tiempo que pensaba en el nuevo abogado, al que no le apetecía conocer.

– Por ahora no te va a abandonar nadie; John tampoco, están segura -le tranquilizó mientras le ofrecía una copa de jerez y unas galletas.

Edward la miró complacido.

– Quizá decida seguir trabajando cuando pruebe estas galletas; haces verdaderas maravillas en la cocina.



8 из 312