
– Sus hermanos eran muy valientes -dijo Wajid-. Murieron luchando por su país.
Ruby asintió con una sonrisa respetuosa y pensó con tristeza en los hermanos que no había llegado a conocer.
– Comparto estas tragedias con usted -continuó Wajid-, para que comprenda que es la única heredera al trono de Ashur.
– ¿Yo, la heredera? -dijo Ruby, riendo con incredulidad-. Pero si soy mujer. ¿Por qué me llama Alteza si no tengo título?
– Aunque no haya usado el título, es princesa desde su nacimiento -dijo Wajid.
Aunque sonara muy rimbombante, Ruby sabía que Ashur no era más que un país pobre que se recuperaba de una guerra en la que había entrado con su rico país vecino como prueba de su carácter indómito a pesar de tener todas las de perder.
Intentó mostrarse serena a pesar de lo surrealista de la situación. ¿Qué podía ser más ridículo que una princesa que trabajaba como recepcionista y que a veces tenía que hacer horas extra en el supermercado en el que trabajaba su amiga Stella para llegar a fin de mes?
– Me temo que soy una mujer muy vulgar -dijo, evitando resultar ofensiva.
– Eso es lo que nuestra gente quiere. Somos un pueblo de trabajadores -declaró Wajid con orgullo-. Y usted debe ocupar el lugar que le corresponde en el reino.
Ruby lo miró atónita.
– ¿Pretende que vaya a Ashur a vivir como una princesa?
– Para eso hemos venido -dijo el consejero, abriendo los brazos.
Ruby sacudió la cabeza enérgicamente.
– Ashur no es mi hogar. Me fui siendo una niña y nadie ha mostrado el menor interés por mí.
– Tiene razón -dijo Wajid con solemnidad-, pero las tragedias que se han producido en la familia Shakarian han cambiado las circunstancias. Ahora usted es muy importante, la hija de un rey reciente y sobrina de otro, con derecho a heredar…
– ¡Pero yo no quiero heredar el trono! Además, si no me equivoco, en Ashur no puede reinar una mujer -dijo Ruby con impaciencia-. Estoy segura de que hay un hombre preparado para gobernar el país.
