
Me enseñaron un dormitorio con un postigo roto, una alfombra raída y una cama de latón cuyo colchón era tan fino como una rodaja de pan de centeno, y más o menos igual de cómodo. A través de la ventana mugrienta, llena de telarañas, vi un jardín cubierto de jazmín, helechos y enredaderas. Había una fuente pequeña que no funcionaba desde hacía tiempo: una gata- había parido varios gatitos en su interior, justo debajo de un canalón de cobre tan verde como sus ojos. Pero no todo eran malas noticias. Al menos disponía de una habitación sólo para mí. El baño en sí estaba repleto de libros antiguos, lo que no impedía que me bañase. Me encanta leer en el baño.
Ya había otro alemán alojado en el piso. Tenía la cara roja y abotargada, con ojeras abolsadas como un coy de cocinero naval. El pelo era de color paja y no menos desaliñado que ésta. Su cuerpo era delgado, con cicatrices que semejaban orificios de bala. No era difícil verlas, porque llevaba una reliquia de bata maloliente con un hombro al descubierto, a semejanza de una toga. En las piernas tenía unas varices enormes como lagartos fosilizados. Parecía un tipo estoico que acaso dormía en un barril, a juzgar por la botella de licor en el bolsillo de la bata y el monóculo en el ojo, que le confería un toque distinguido y elegante.
Fuldner lo presentó como Fernando Eifler, pero supuse que no era su nombre verdadero. Los tres sonreímos con cortesía pero nos invadió una misma idea: que si permanecíamos el tiempo suficiente en el piso franco, acabaríamos como Fernando Eifler.
