
– No me vendría mal un buen bistec -murmuró Kuhlmann.
– Entonces ha venido al sitio adecuado ~dijo Fuldner-. En Alemania un bistec es un bistec, pero aquí es un deber patriótico.
Atravesamos los astilleros. La mayor parte de los nombres de los depósitos aduaneros y tanques de petróleo eran ingleses o americanos: Oakley & Watling, Glasgow Wire, Wainwright Brothers, Ingham Clark, English Electric, Crompton Parkinson y Western Telegraph. Delante de un gran depósito abierto, una docena de rollos de papel de prensa tan grandes como un almiar se hacían pasta bajo la lluvia matinal. Entre risas, Fuldner los señaló.
– Miren -dijo, casi en tono triunfante-. Ahí tienen el peronismo en acción. Perón no cierra los diarios de la oposición ni detiene a sus directores. Ni siquiera les impide que tengan papel de prensa. Sólo se asegura de que, cuando les llegue el papel, no sirva para imprimir. Ya ven, Perón tiene a todos los grandes sindicatos en el bolsillo. Así es el típico fascismo argentino.
CAPITULO 2
BUENOS AIRES. 1950Buenos Aires se parecía a cualquier capital europea anterior a la guerra, y olía igual. En medio del bullicio urbano, bajé la ventanilla y respiré con euforia los gases de los coches, el humo de cigarrillo, el olor a café, a colonia cara, a carne guisada, a fruta fresca, a flores y a dinero. Era como regresar a la tierra después de un viaje por el espacio. Daba la sensación de estar a un millón de kilómetros de Alemania, con su racionamiento, los destrozos de la guerra, el sentimiento de culpa y los tribunales aliados. En Buenos Aires había mucho tráfico porque abundaba el petróleo. La gente, despreocupada, se alimentaba y vestía bien porque las tiendas estaban repletas de ropa y comida. Lejos de ser un lugar atrasado, Buenos Aires era casi un retorno a la belle époque. Casi.
El piso franco estaba en el número 1429 de la calle Monasterio, en el distrito de la Florida.
