– ¿Hermano «Ayn-Dina»? -dijo, intentando repetir el nombre que le había dado el monje.

El hombre sonrió afirmando amablemente.

– ¿Qué hacéis por aquí a esta hora? -inquirió el joven oficial.

– Aquél es mi despacho, tesserarius -se explicó, señalando el edificio que tenía detrás.

– ¿Habéis estado en el patio pequeño de allá? -preguntó Licinio, alzando su espada en dirección al oscuro callejón.

El monje de cara redonda parpadeó y se mostró sorprendido.

– ¿Por qué habría de haber estado allí?

Licinio suspiró irritado.

– He perseguido a alguien por ese callejón hace tan sólo un momento. ¿Decís que esa persona no erais vos?

El monje negó con la cabeza enérgicamente.

– He estado en mi escritorio hasta que me fui del despacho. Entré en el patio y me abordasteis cuando atravesaba la puerta.

Licinio envainó la espada y, perplejo, se pasó la mano por la frente.

– ¿Y no habéis visto vos a nadie más, a alguien corriendo?

De nuevo el monje movió la cabeza con énfasis para indicar que no.

– Nadie antes de que me llamarais vos para que me identificara.

– Entonces, perdonad hermano, y haced lo que tengáis que hacer.

El monje regordete se detuvo un momento, inclinó la cabeza en señal de gratitud y luego se escabulló por el patio; sus sandalias de cuero golpeaban contra el suelo mientras avanzaba hacia la entrada abovedada que daba a las calles de la ciudad.

Uno de los guardias que estaba en la puerta principal, un decurión, había atravesado el patio para ver qué era aquel ruido.

– ¡Ah, Licinio! Sois vos. ¿Qué pasa?

El tesserarius hizo una mueca mostrando preocupación.



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