
– Había alguien merodeando en el patio pequeño de allá, Marco. Le di el alto y lo perseguí hasta aquí. Pero creo que me ha esquivado.
El decurión llamado Marco se rió en voz baja.
– ¿Por qué razón perseguíais a alguien, Licinio?
¿Qué tiene de extraño que haya alguien en el patio pequeño a esta hora o a cualquier hora?
Licinio miró con acritud a su compañero, sintiendo amargura por el mundo y, en particular, por la guardia que le había tocado aquella noche.
– ¿No lo sabéis? La domus hospitalis, los aposentos de los huéspedes, está situada allí. Y su santidad tiene invitados especiales; obispos y abades de los extraños reinos sajones. Me dijeron que montara una guardia especial, pues al parecer los sajones tienen enemigos en Roma. Me dijeron que interrogara a cualquiera que se comportara de forma sospechosa en las cercanías de los aposentos de los invitados.
Los otros custodes resoplaron desdeñosos.
– Yo creía que los sajones aún eran paganos. -Se detuvo y entonces señaló con la cabeza el sitio por donde había desaparecido el monje-. ¿A quién interrogabais ahora mismo si no era ese sospechoso que decís?
– Un monje irlandés. El hermano «Ayn-dina», según me dijo. Resulta que salía de su despacho, por allí, y yo pensé que tal vez había visto al hombre que yo perseguía. De todas formas, no ha visto a nadie.
El decurión sonrió burlonamente.
– Esa puerta no da a ningún despacho, sino al almacén del sacellarius, el tesorero de su santidad. Lleva cerrada con candado desde hace años y con toda seguridad desde que yo hago guardia aquí.
Echando una mirada sorprendida a su compañero, Licinio agarró la antorcha más cercana, la sacó del soporte de metal y fue hasta la puerta de donde el monje había dicho que salía. Los cerrojos y candados oxidados confirmaron lo que afirmaba el decurión. El tesserarius Licinio renegó en un lenguaje totalmente impropio de un miembro de la guardia del palacio de su santidad.
