* * *

El hombre estaba sentado encorvado sobre la mesa de madera, con la cabeza inclinada sobre una hoja de vitela, y tenía la boca apretada formando una línea fina que denotaba concentración. A pesar de la posición de su cuerpo, resultaba obvio que era un hombre alto. Llevaba la cabeza descubierta y se le veía la tonsura de religioso en la coronilla de la cabeza, rodeada de mechones de cabello de un color negro como el azabache, acorde con su piel morena y sus ojos oscuros. Sus rasgos denotaban que había vivido de forma habitual en un clima cálido. Eran finos, con la nariz aguileña y prominente, la propia de un patricio romano. Los pómulos se marcaban claramente bajo la carne hundida. El rostro tenía alguna cicatriz, tal vez un recuerdo de los estragos de la viruela contraída en su niñez. Los labios estrechos tenían un color rojo que parecía casi artificial.

Estaba quieto y en silencio, inclinado sobre su trabajo.

Dejando aparte la tonsura, también su vestimenta revelaba su vocación religiosa. Llevaba la mappula, una tela blanca con fleco, los campagi, unos borceguíes negros, y udones, calcetines blancos, prendas todas estas heredadas de la magistratura imperial del senado romano, y que ahora lo distinguían como miembro con rango superior del clero romano. Mucho más distintivos resultaban la túnica fina de seda escarlata y el ornamentado crucifijo de oro incrustado de piedras preciosas que asimismo proclamaban que era más que un simple clérigo.

El suave tintineo de una campana interrumpió su concentración y levantó la mirada con expresión irritada.

Una puerta se abrió en un extremo del amplio y fresco salón de mármol y entró un joven monje con un hábito marrón burdo y sencillo. El recién llegado cerró cuidadosamente la puerta tras él; luego, cruzando los brazos dentro de las amplias mangas, se dirigió con rapidez hacia la mesa donde estaba sentado el hombre; sus zapatillas planas golpeaban contra el suelo de mosaico del salón y sonaban a hueco mientras él avanzaba, casi como un pato.



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