
El arma se le cayó y repiqueteó en la oscuridad. Entonces vio los ojos del hombre, el brillo de la violencia intensificado por la química de Zeus. Entonces, con un rápido movimiento, la joven arremetió contra el estómago del hombre, que se tambaleó con un gruñido y trató de agarrarla por el cuello. Pero ella le propinó un puñetazo en la barbilla, y la fuerza del golpe le dejó el brazo dolorido.
La gente gritaba, peleándose entre sí por sobrevivir en un mundo donde nada ni nadie estaba a salvo. La joven giró sobre los talones y aprovechó el impulso para propinar a su adversario una patada en la nariz. La sangre le brotó a borbotones, sumándose a la nauseabunda miasma de olores.
El hombre la miró con ojos desorbitados, pero apenas reaccionó ante el golpe. El dolor no podía competir con el dios de la química. Sonriendo mientras la sangre le corría por el rostro, se dio golpecitos en la mano libre con la tubería.
– Voy a matarte, jodida polizonte. -Avanzó agitando la tubería en el aire como si se tratara de un látigo. Sin dejar de sonreír, añadió-: Voy a abrirte la cabeza y comerte los sesos.
Aquello le subió la adrenalina. Era cuestión de vida o muerte. La joven jadeaba y el sudor le corría como si se tratara de aceite. Esquivó el siguiente golpe y cayó de rodillas. Se llevó la mano a la bota y se levantó con una sonrisa.
– Cómete esto, bastardo. -Sostenía en una mano su arma de repuesto.
No se molestó en intentar dejarlo inconsciente, convencida de que sólo conseguiría hacer cosquillas a un hombre de ciento doce kilos bajo el efecto alucinatorio de Zeus. Tenía que darle muerte.
Cuando el hombre se abalanzó sobre ella, le disparó. Los ojos del hombre fueron lo primero en apagarse. Lo había visto otras veces. Los ojos se volvieron vidriosos como los de una muñeca, aun mientras su cuerpo arremetía. La joven lo esquivó, resuelta a volver a disparar, pero el hombre inició una temblorosa danza a medida que se le sobrecargaba el sistema nervioso.
