Cayó a los pies de la joven, una mole de humanidad destruida que había jugado a ser dios.

– Ya no te cargarás a más vírgenes, cabrón -murmuró ella.

Y al sentir que las fuerzas la abandonaban, se frotó el rostro con una mano y dejó caer el brazo con que sostenía el arma.

Un débil ruido la sobresaltó. Empezó a volverse y a levantar el arma, cuando unos brazos la sujetaron y la pusieron de puntillas.

– Guárdate siempre las espaldas, teniente -susurró una voz justo antes de que unos dientes le mordisquearan el lóbulo de la oreja.

– ¡Maldita sea, Roarke! Por poco te liquido.

– Ya te gustaría. -Con una carcajada, él la volvió y la besó con avidez-. Me encanta verte en acción -murmuró mientras le recorría con una diestra mano el cuerpo hasta cubrirle los senos-. Es… estimulante.

– Basta. -Pero a Eve se le aceleró el pulso-. Éste no es lugar para seducciones.

– Al contrario. La luna de miel es el típico lugar para ello. -La apartó de sí, pero sujetándola por los hombros-. Me preguntaba dónde te habías metido. Debí imaginarlo. -Echó un vistazo al cadáver que yacía a sus pies-. ¿Qué había hecho éste?

– Tenía predilección por abrir la cabeza a las jovencitas y comerles los sesos.

– Oh. -Roarke hizo una mueca de asco y meneó la cabeza-. La verdad, Eve, ¿no podrías haberte conseguido algo menos truculento?

– Hace un par de años había un tipo en Terra Colony que encajaba con el perfil y me pregunté… -Se interrumpió con el ceño fruncido. Estaban en medio de un hediondo callejón, con un cadáver a los pies. Y Roarke, el maravilloso y bronceado ángel, lucía un esmoquin y un alfiler de corbata con un diamante-. ¿Qué haces tan elegante?

– Habíamos quedado para cenar, ¿recuerdas?

– Lo había olvidado. No pensé que esto me llevaría tanto tiempo. -Guardó el arma con un suspiro-. Supongo que tendría que arreglarme.



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