
– Me gustas tal como estás. -Roarke la tomó entre sus brazos-. Olvídate de la cena… por el momento. -Le dedicó una sonrisa cautivadora-. Pero insisto en buscar un entorno un poco más estético. Fin de programa -ordenó.
El callejón, los olores y el montón de cuerpos apiñados se desvanecieron. De pronto se hallaban de pie en una enorme sala llena de máquinas y luces parpadeantes empotradas en las paredes. Tanto el suelo como el techo eran de espejo negro a fin de proteger las escenas holográficas disponibles en el programa. Se trataba de uno de los juguetes más sofisticados y novedosos de Roarke.
– Escenario tropical 4-B. Posición de doble mando.
En respuesta llegó el rugido de las olas y el reflejo
de las estrellas en el agua. La arena bajo sus pies era tan blanca como el azúcar y las palmeras ondeaban al viento como bailarines exóticos.
– Así está mejor -decidió Roarke, y empezó a desabrocharle la camisa-. O lo estará cuando te tenga desnuda.
– Has estado desnudándome a cada momento durante casi tres semanas.
Él arqueó una ceja.
– Privilegio del marido. ¿Alguna queja?
Marido. A Eve todavía le sorprendía esa palabra. Ese hombre con la melena negra de un guerrero, el rostro de un poeta, los ojos azules y rebeldes de un irlandés, era su marido. Nunca lograría acostumbrarse a ello.
– No, sólo… -Le falló la respiración cuando las esbeltas manos de Roarke le cubrieron los senos.
– Polizontes. -Él sonrió y le desabrochó los tejanos-. No estás de servicio, teniente Dallas.
– Sólo quería comprobar mis reflejos. Después de tres semanas sin trabajar te desentrenas.
Él le deslizó una mano entre los muslos desnudos y la oyó gemir.
– Tus reflejos funcionan perfectamente -murmuró mientras la tendía en la suave arena blanca.
Su esposa. A Roarke le gustaba repetírselo mientras ella lo montaba, se movía debajo de él o yacía exhausta a su lado. Esa mujer fascinante, esa policía consagrada, esa alma atormentada le pertenecía.
