
La había observado, a través del programa, en acción en aquel callejón, haciendo frente al asesino enloquecido por las drogas. Y sabía que en la vida real se enfrentaba a su trabajo con la misma determinación y coraje que había exhibido en la ilusión.
La admiraba por ello, por muchos quebraderos de cabeza que le causara. Pronto estarían de nuevo en Nueva York y él tendría que compartir con ella sus obligaciones. Pero de momento no quería compartirla con nada ni nadie.
A él tampoco le eran desconocidos los callejones que apestaban a basura y a miseria humana. Había crecido en ellos y finalmente había escapado, hasta convertirse en quien era, y entonces Eve había irrumpido en su vida, penetrante y letal como una flecha, y había vuelto a cambiarla.
Los policías habían sido en otro tiempo el enemigo, luego un divertimento, y ahora estaba unido a uno.
Apenas hacía dos semanas la había visto acercarse a él con un vestido largo y suelto de color bronce, y un ramo de flores. Los cardenales que unas horas atrás le había dejado en el rostro un asesino habían quedado disimulados bajo el maquillaje. Y en sus grandes ojos castaños que revelaban tantas cosas, había visto coraje y risa.
Allá vamos, Roarke. Casi se lo había oído decir mientras colocaba una mano sobre la de él. En la fortuna como en la adversidad, te acepto. Dios nos ampare.
Ahora ella llevaba su anillo y él el de ella. Roarke había insistido en ese punto, aunque esas tradiciones no estaban precisamente de moda a mediados del siglo XXI. Había querido tener un recordatorio tangible de lo que significaban el uno para el otro, un símbolo.
Ahora él le cogió la mano y le besó el dedo por encima de la alianza de oro grabada que había encargado para ella. Ella mantuvo los ojos cerrados mientras él estudiaba los marcados ángulos de su rostro, la boca grande, el cabello corto y castaño despeinado.
