
– Te quiero.
A Eve se le subieron los colores. Se conmovía tan fácilmente, pensó él. Se preguntó si tenía alguna idea de lo grande que era su corazón.
– Lo sé. -Abrió los ojos-. Empiezo a acostumbrarme.
– Estupendo.
Mientras oía el ruido de las olas lamiendo la orilla y la balsámica brisa susurrando entre las palmeras, la joven se apartó el cabello del rostro. Un hombre como él, poderoso, rico e impulsivo, podía hacer realidad tales escenas con un chasquido de los dedos. Y lo había hecho por ella.
– Me haces tan feliz.
Él le sonrió, haciendo que el estómago se le encogiera de placer.
– Lo sé.
Sin esfuerzo, la levantó del suelo y la colocó a horcajadas sobre él. Entonces le recorrió despacio el largo, delgado y musculoso cuerpo.
– ¿Estás dispuesta a admitir que te alegras de que te haya sacado a la fuerza del planeta para la última parte de nuestra luna de miel?
Ella hizo una mueca al recordar su pánico y obstinada negativa a embarcar en el transporte que los esperaba, y cómo se había reído él y, cargándola a los hombros, la había subido a bordo mientras ella lo maldecía.
– Me gustó París -respondió ella con un resoplido-. Y me encantó la semana en aquella isla. No veía razón para venir a este refugio a medio terminar y suspendido en el espacio cuando íbamos a pasar la mayor parte del tiempo en la cama.
– Estabas asustada. -Le había encantado verla atemorizada ante la perspectiva de su primer viaje fuera del planeta, y había sido un placer para él distraerla durante la mayor parte del trayecto.
– No es cierto. -Aterrorizada, pensó ella-. Estaba con toda razón indignada de que hubieras hecho planes sin consultarme.
– Me parece recordar a alguien absorto en un caso y diciéndome que hiciera los planes que quisiera. Estabas muy guapa de novia.
Esas palabras la hicieron sonreír.
