– Ésa era mi idea. -Puso los ojos en blanco-. Pero Mavis me la ha chafado.

– Mavis. -Él palideció un poco-. No me digas que te vas de compras con Mavis.

Su reacción la animó un poco.

– Tiene un amigo diseñador de modas.

– Cielo santo.

– Dice que es un genio, que en cuanto se lo proponga se hará famoso. Tiene un pequeño taller en Soho.

– Fuguémonos. Ahora mismo. Estás muy guapa.

Ella ensanchó la sonrisa:

– ¿Tienes miedo?

– Pánico.

– Bien. Ya estamos empatados. -Contenta de estar en pie de igualdad, se acercó para besarle-. Ahora tienes motivo de preocupación para unas cuantas semanas, pensando en qué me pondré el gran día. Bueno, he de irme. -Le palmeó la mejilla-. He quedado con Mavis dentro de veinte minutos.

– Eve. -Roarke hizo ademán de cogerle la mano-. No harás ninguna tontería, ¿verdad?

Ella se zafó:

– Voy a casarme, ¿no? ¿Quieres más tontería que ésa?


Esperaba darle motivo suficiente para cavilar. La idea del matrimonio era en sí misma tentadora, pero una boda -ropa, flores, gente-, menudo espanto.

Se dirigió al centro por Lexington, entre frenazos e imprecaciones contra un vendedor ambulante que Inva?día la calzada con su humeante carro. Aparte de violar el tráfico, el olor a salchichas de soja era un verdadero in?sulto para estómagos delicados como el de Eve.

El taxi Rapid que llevaba detrás violaba el código in?terurbano de contaminación sonora con su claxon y sus gritos obscenos por el megáfono. Un grupo de turistas cargados de mini videocámaras, compumapas y prismá?ticos miraba con boquiabierta estulticia el paso del tráfi?co rodado. Eve meneó la cabeza al ver que un hábil rate?ro se abría paso a codazos.

Cuando llegaran a su hotel, comprobarían que les faltaban unos cuantos créditos. Si Eve hubiera tenido tiempo y sitio para aparcar, habría perseguido al ladrón. Pero éste se perdió entre la multitud con su monopatín de aire en un abrir y cerrar de ojos.



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