Así era Nueva York, pensó Eve con una sonrisa. Ha?bía que tomarlo tal como era. Le encantaba el barullo de gente, el ruido, el frenesí constante de la metrópoli. Si la soledad era rara, la intimidad era imposible. Por eso se había mudado aquí hacía años. Tampoco es que fuera un ser muy sociable, pero demasiado espacio y demasiado aislamiento la ponían nerviosa.

Había venido a Nueva York para ser policía, por?que creía en el orden y lo necesitaba para sobrevivir. Su desdichada infancia llena de ultrajes, con sus espa?cios en blanco y sus esquinas lúgubres, no se podía cambiar. Pero ella sí había cambiado. Ahora controlaba la situación, había conseguido, ser la persona que un anónimo asistente social había bautizado como Eve Dallas.

Ahora estaba cambiando otra vez. Dentro de unas semanas dejaría de ser Eve Dallas, teniente de homici?dios, para convertirse en la esposa de Roarke. Cómo ha?ría para compaginar ambas cosas era algo más misterio?so que cualquiera de los casos que habían caído sobre su mesa de despacho.

Ninguno de los dos sabía qué era ser familia, tener familia, crear una familia. Conocían la crueldad, los abu?sos, el abandono. Se preguntaba si por eso estaban jun?tos. Ambos comprendían qué significaba no tener nada, no ser nada, conocían el miedo y la desesperación; y am?bos habían salido adelante.

¿Era sólo la mutua necesidad lo que los unía? Nece?sidad de sexo, de amor, y la mezcla de ambas cosas que ella nunca había creído factible antes de conocer a Roar?ke? Una buena pregunta para la doctora Mira, se dijo, pensando en la psiquiatra a la que acudía de vez en cuando.

Pero decidió que, de momento, no iba a pensar en el futuro ni en el pasado. Para complicaciones ya estaba el presente.



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