A tres manzanas de Green Street encontró un sitio donde aparcar. Tras buscar en sus bolsillos, reunió las fi?chas dé crédito que el avejentado parquímetro le exigía con su estúpido sonsonete lleno de interferencias e in?trodujo lo suficiente para dos horas. Si tardaba más, sería que estaba lista para la sala de tranquilización, y una multa no le importaría.

Respiró hondo y escrutó la zona. No solía ir por tra?bajo a esta zona de la ciudad. Había asesinatos en todas partes, pero Soho era un elegante bastión de gente joven y esforzada que prefería dirimir sus diferencias ante una copa de vino barato o una taza de café solo.

Ahora mismo, Soho estaba en pleno verano. Las flo?risterías rebosaban de rosas, las clásicas rivalizando con las híbridas. El tráfico se arrastraba lentamente por la ca?lle, zumbaba en lo alto, resoplaba un poco en los des?vencijados pasos elevados. Los peatones iban en su ma?yoría por las aceras turísticas, aunque los deslizadores estaban atestados. Saltaban a la vista las holgadas pren?das recién llegadas de Europa, con elegantes sandalias y tocados y brillantes cuerdas colgando de los 'lóbulos hasta los omóplatos.

Artistas del óleo, la acuarela y la cibernética prego?naban sus artículos en las esquinas y frente a los escapa?rates, compitiendo con los vendedores que prometían fruta híbrida, yogures helados o purés de hortalizas li?bres de conservantes.

Miembros de la Secta Pura, típico producto del Soho, se deslizaban en sus larguísimas túnicas blancas con los ojos llameantes y las cabezas afeitadas. Eve dio unos cuantos discos a un suplicante muy entusiasta y fue recompensada con una piedra reluciente.

– Amor puro -le ofreció el hombre-. Pura alegría.

– Sí, vale -murmuró ella, y pasó de largo.

Hubo de volver sobre sus pasos para encontrar la casa de Leonardo's. El próspero diseñador tenía un apar?tamento grande en un tercer piso. La ventana que daba a la calle estaba atiborrada de manchas de color que le hicieron tragar saliva de puro nerviosismo. Los gustos de Eve iban más por lo sencillo: lo hortera, según Mavis.



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