
Tenía un aspecto dulce vestida con aquel camisón blanco. Cuando se relajaba resultaba francamente hermosa.
Sintió un inesperado deseo que contuvo rápidamente. No quería saber nada de mujeres al menos durante unos meses más. Se había prometido a sí mismo un tiempo para meditar y asimilar lo sucedido con Claire, y estaba decido a mantener su promesa.
– ¿Cómo es que está todavía aquí?-preguntó Jillian en un tono medio gruñón.
– Acabo de terminar lo que estaba haciendo-respondió él-. ¿Quiere una taza de café? Eso la ayudará a recobrar el buen humor.
– ¿Ha hecho café?-preguntó ella sorprendida.
Nick le sirvió una taza.
– ¿Ha dormido bien?
– Pues no particularmente.
Jillian se fue despertando poco a poco.
Así era como Nick se había imaginado siempre lo que sería una familia: compartir el momento de una taza de café por la mañana, empezar el día juntos, en silencio, mientras los pequeños dormían en sus habitaciones. No había pensado en una mujer como Jillian. Pero tampoco en aquella Claire que empezaba el día completamente vestida y maquillada.
– ¿Usted nunca duerme?
– Últimamente tengo muchos problemas para conciliar el sueño.
– Pues debería dormir como mínimo ocho horas al día-murmuró ella entre bostezos-. Generalmente, yo sigo una rutina estricta. Me acuesto a las once y me levanto a las siete. En cuanto consiga organizar esta casa, volveré a mis horarios habituales.
– ¿Las cosas le salen siempre de acuerdo a sus planes?
– Por supuesto-dijo Jillian-. Es una cuestión de organización. Por ejemplo, ahora son las cinco y media. Los niños se despiertan a las seis, de modo que me queda media hora para desayunar y recoger un poco el salón.
Apenas había acabado la frase cuando oyó un llanto.
– Se le debió olvidar programar a los niños conforme a su horario.
Ella lo miró irritada.
– Se suponía que dormían hasta las seis-dijo ella-. No importa. Llorará unos minutos y se volverá a dormir.
