
Un segundo llanto se unió al primero.
– ¡Roxy me aseguró que dormían hasta las seis!-dijo Jillian algo desesperada, mientras oía como una tercera voz se unía al dúo.
– ¿Por qué no me deja que me encargue de ellos? Yo los vestiré.
Ella lo miró incrédula.-¿Sabe cambiar pañales?
– Fui el mayor de una familia irlandesa de diez hermanos. Tuve que aprender.
Ella lo miró admirada durante unos segundos.-Adelante-dijo ella-. Se los presto un rato.
Nick agarró su café y subió las escaleras.
Allí se encontró a los trillizos preparados para comenzar el día y frustrados por no poder salir de sus cunas.
– Buenos días, pequeños-les dijo-. Os habéis despertado un poco pronto.
– ¡Nick!-gritó Andy, tendiéndole los brazos para que lo sacara-. ¡Nick!
– Quiero salir-dijo Zach.
Sam lo miraba fijamente desde la cuna con el dedo metido en la boca.
No sin esfuerzo, vistió a los pequeños y los bajó a la cocina.
Pero la cansada mirada de Jillian le dijo que aún no estaba preparada para enfrentarse a una nueva jornada.
– Dejemos que la tía se tome otra taza de café-le dijo a los niños.
– Están hambrientos. Tengo que darles el desayuno-dijo ella, haciendo un amago de levantarse.
– Siéntese. Yo me encargaré de todo.
– Pero no sabe lo que desayunan.
Nick se rió.
– No se preocupe, lo averiguaré. Esto es sencillo. No hay que ser ingeniero aeroespacial.
Ella lo miró no sin cierta sospecha.
Pero pronto comprobó que sabía exactamente lo que hacía.
– Se le da bien cuidar de ellos-le dijo ella.
Él se ruborizó ante el inesperado cumplido.
– Es sólo cuestión de sentido común-respondió él.
– A mí no se me da bien.
– Tendrá otras habilidades.
– Las tengo-dijo ella y se quedó pensativa-. Por cierto, cuánto se gana en una profesión como la suya. A cuánto cobra la hora un carpintero.
