Nick se sorprendió del repentino cambio de rumbo de la conversación.

– ¿Un carpintero?

– Sí, alguien como usted.

Le resultó divertida la asunción que ella había hecho sobre su profesión. Decidió no aclarar que era ingeniero industrial y que la carpintería no era más que una afición. Le pudo la curiosidad por saber adónde les llevaría aquella conversación.

– No sé. El sindicato establece treinta dólares a la hora.

Ella se quedó boquiabierta.

– ¡Eso supone unos sesenta mil dólares al año! ¡Es poco menos de lo que yo gano teniendo un doctorado en ciencias!

– Es una cuestión de oferta y demanda. Supongo que hay más necesidad de carpinteros que de matemáticos. La invención de la calculadora les arruinó el negocio.

Ella se ruborizó y Nick tuvo que reconocer que le encantaba desconcertarla. Era tan engreída y estaba tan llena de prejuicios que invitaba a burlarse de ella sin piedad. Le habría gustado saber lo que habría dicho de saber que era licenciado en Ingeniería Industrial y en Arquitectura y ganaba diez veces lo que un carpintero. Pero prefería guardarse esa información para sí mismo. Probablemente la necesitaría más tarde para bajarle los humos.

– Sepa que la matemática teórica es una ciencia muy compleja-dijo ella.

– Algo que un tipo de clase trabajadora como yo jamás comprendería, ¿verdad?-dijo él-. En cualquier caso, ¿por qué está tan interesada en saber cuánto gano? ¿Se está planteando cambiar de trabajo?

– No…-abrió la boca para continuar, pero se detuvo.

– ¿Qué?

– Nada-dijo Jillian-. Es, simplemente, que los niños lo adoran y había pensado que, quizás, podría venir a hacerles una visita esta tarde.

– Si le resulta tan difícil cuidar de ellos, ¿por qué se ofreció?

Ella se removió inquieta en la silla.

– Tengo mis razones. Además, estoy segura de que para el final del día ya me habré hecho con ellos.



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