Roxy sonrió y asintió.

– De acuerdo, pero tienes que prometerme que si tienes algún problema, llamarás a mamá inmediatamente.

Jillian se arrodilló en el suelo y los niños comenzaron a rodearla. Le dio a cada uno un beso.

– Te lo prometo. Pero estoy segura de que todo irá bien. Nos lo vamos a pasar estupendamente, ¿verdad, chicos?

– ¡Zach! ¡Suelta eso ahora mismo!-dijo Jillian, tratando de evitar que el pequeño introdujera una galleta en el reproductor de vídeo.

Zach tenía fama de ser el más travieso, pero, a lo largo de todo un día en compañía de los trillizos ya había podido comprobar que los tres tenían sus momentos terribles.

– Caca-dijo una voz pequeña detrás de ella-. En el pañal.

– ¿Caca en el pañal, Andy?-preguntó ella-. Pero, ¿cómo me haces esto? Si hace sólo un momento que te ha cambiado.

Agarró al niño y se dispuso a cambiarlo, mientras repasaba los consejos que el libro del doctor Hazelton, renombrado pediatra, le daba para aquellos casos. El doctor decía que había que incentivar a los pequeños a pedir sus necesidades haciendo de ello un juego.

– Andy, tienes que imaginarte que eres el conductor de un camión y la tía Jillian es el cliente. Cuando vas a descargar, avisas al cliente para que te diga dónde quiere que lo eches. ¿Qué te parece?

– Bien-respondió Andy asintiendo.

Jillian le dio unas palmaditas en el hombro y se levantó. Pero, antes de que pudiera disfrutar de su pequeño triunfo, Sam entró en la habitación con un trozo de papel pegado a la mejilla. Ella no tardó en reconocer el papel pintado de la pared del servicio.

– ¿Qué has hecho?-preguntó Jillian y corrió hacia el baño. Allí se encontró que la hermosa tira decorativa que rodeaba las paredes había sido partida en múltiples piezas.



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