– ¡No puedo más! Me resulta imposible seguiros a los tres al mismo tiempo. ¡Voy a llamar a mi madre!

Después de sólo seis horas de cuidados infantiles, los trillizos Hunter habían ganado la batalla.

En ese momento, el teléfono sonó.

– ¡Teléfono!-gritó Zach.

– ¡Yo!-gritó Andy.

Y Sam arrancó otro trozo de papel y se lo puso a Jillian en la mano con una sonrisa inocente.

Ella corrió a responder a la llamada antes de que ninguno de los pequeños tuviera ocasión de hacerlo.

– ¿Jillian? ¿Eres tú?

Jillian se sobresaltó al oír la voz de su hermana. ¿Por qué tenía que llamar cuando estaba en mitad de un absoluto desastre?

Tratando de recobrar la calma, respondió pausadamente.

– Hola, Roxy. ¿Qué tal estás? ¿Ya habéis llegado?

– Sí-le gritó su hermana como si tuviera que escucharla directamente desde Hawai-. Esto es increíble. Es precioso. No me puedo creer que esté aquí.

– Roxy, puedo oírte perfectamente, no hace falta que grites.

– ¿Cómo están los niños?-le preguntó-. ¿Va todo bien?

– Sí, muy bien-mintió Jillian-. Nos vamos organizando. No hay problema alguno.

– Déjame hablar con ellos.

Uno a uno, los pequeños fueron pasando por el teléfono y saludando a su madre.

Mientras, Jillian no dejaba de pensar en su estúpida y pretenciosa actitud de días atrás. Con que era todo cuestión de organización, ¿no? ¿Cómo se iba a organizar si apenas distinguía a los niños entre sí? Eso le dificultaba enormemente algo tan simple como poder reprenderlos.

De vuelta en el teléfono su hermana volvió a preguntarle si todo iba bien.

– No te preocupes.

– No estoy preocupada… bueno, quizás un poquito. Además, tengo la sensación de que se me ha olvidado comentarte algo.

– Tengo todo un cuaderno con tus instrucciones, me sé de memoria los números de urgencias y tengo suficientes pañales como para varios años.



5 из 88