– De acuerdo. Pero llámame si tienes alguna duda. Si no lo haces, yo llamaré mañana o pasado.

– Estás ahí para disfrutar en compañía de tu esposo, así que hazlo. No quiero que llames hasta dentro de tres o cuatro días.

– De acuerdo, lo intentaré.

Nada más colgar miró a los pequeños.

– Bueno, esta llamada no me ha salido tan mal.

Miró a los pequeños con espíritu resignado. Sólo era el comienzo. Todo iría mejorando según pasaran los días.

Trató de ponerles nombre a aquellos rostros idénticos. Imposible. En el instante en que les quitara la ropa de colores distintos que tan diligentemente su madre les había puesto, sería incapaz de diferenciarlos. ¡Eso sería una catástrofe! Según Roxy, confundir sus nombres podría crearles serios problemas de identidad.

Agarró un rotulador con decisión y le escribió a Zach una Z en la pierna. Luego hizo lo mismo con las respectivas iniciales de los otros dos.

Bien. Ya tenía un problema menos. Así podría identificarlos.

– ¿Quién necesita a vuestra abuela ahora? Organización. Esa es la clave.

Jillian se despertó repentinamente con la sensación de que algo no andaba bien.

Se había quedado dormida en el sofá del salón justo después de que los pequeños se acostaran. Estaba rendida.

Se incorporó y se quedó escuchando, en espera de oír a alguno de los pequeños.

Pero no fue eso lo que resonó en el silencio de la sala, sino unos pasos. Y no eran pies de niño enfundados en un pijama, sino alguien más pesado y con zapatos.

Se levantó del sofá con intención de llamar a la policía, pero sólo podía recordar el número del servicio toxicológico.

De camino hacia el teléfono se tropezó con un pequeño xilófono. Contuvo un gemido de dolor y se quedó unos segundos inmóvil, hasta que reparó en que aquello era justamente lo que necesitaba. Le serviría de arma. Agarró el juguete y volvió a encaminarse hacia el teléfono. Pero, en ese instante, los pasos se hicieron más cercanos.



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