Aquello era lo que le faltaba. ¿Cómo se suponía que podría organizarse cuando, además de tres niños imparables, tenía que enfrentarse a la enervante presencia de Nick Callahan?

Quizás si incorporaba a aquel nuevo elemento al cuadro seudo familiar que componían, podría elaborar un sistema de ordenamiento casero. Podría imaginar que Nick era el marido. Por supuesto, no ayudaría en nada con los niños, pero ese era el prototipo de hombre generalizado. Su labor de carpintería la asimilaría a la de ver los partidos de fútbol o a dormir la siesta. Representaría al típico macho humano en el contexto familiar y le serviría para confirmar lo que ya sabía: que no necesitaba un hombre en su vida.

Pero una inesperada imagen de él se iluminó en su cabeza: hombros anchos, cintura estrecha, rostro de ensueño. La borró rápidamente.

De acuerdo, tenía que admitir que un hombre podía aportar otras cosas. Pero, definitivamente, ella no podía sentirse atraída por un individuo como él. No era su tipo. Jillian prefería hombres de su talla intelectual.

Podía comprender la fascinación que alguien como Nick Callahan despertaba. Tantos músculos y masculinidad condensados en un solo individuo eran un poderoso reclamo.

Pero ella tenía muy claro lo que quería en la vida y, desde luego, no era compartirla con alguien como Nick Callahan.

Jillian bostezó. Era casi medianoche. Los niños se despertarían en cuestión de seis horas y ella estaba agotada. Lo mejor que podía hacer era acostarse y dejar a Nick que hiciera su trabajo.

Se dirigió a su dormitorio y se tumbó.

Inesperadas imágenes de Nick la tomaron por sorpresa. Se colocó varias veces la almohada y decidió que el mejor somnífero era recitar los números desde el uno. Finalmente, cuando ya había llegado a ochenta y nueve se quedó dormida y sueños cálidos de cuerpos musculosos inquietaron su noche.

Capítulo 2



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