Serena tragó saliva y se reprochó el haber caído fácilmente en una situación tan ridícula. Sin embargo, suspiró y decidió acabar con aquel trance lo antes posible. Caminó hacia él y, dejando sus manos sobre los hombros de Leo, lo besó furtivamente en la comisura de la boca.

– Ya está. ¿Contento?

Leo sacudió la cabeza lentamente.

– Cobarde.

– ¿Qué quieres decir? -preguntó ella-. ¡Me has obligado a besarte y lo he hecho!

– ¿A esto le llamas un beso? Por un momento, creí que me besarías como es debido, pero veo que me he equivocado.

– De acuerdo -dijo ella furiosa-. ¡Veamos si esto te convence más!

Serena se acercó de nuevo a él y tomó su rostro entre las manos. Se sentía demasiado enfadada como para estar nerviosa; Leo, por su parte, no hizo ningún esfuerzo por atraerla hacia sí y dejó sus brazos relajados a ambos lados del cuerpo. Serena lo miró a los ojos con el rostro iluminado por la luz de la luna y unió sus labios a los de Leo.

Y entonces, se produjo una transformación en Serena; sintió que lo conocía desde hacía mucho tiempo y que lo había besado cientos de veces. La sensualidad de su beso fue tal que Leo la agarró por la cintura y la apretó contra él.

Estaba perdida. había olvidado que acababa de conocerlo, que, en realidad, no le gustaba y que él la había provocado deliberadamente. Caía en un océano de placer y su cuerpo respondía descontrolado ante la llama que Leo había encendido en ella.

– Estoy convencido -murmuró Leo, cuando Serena se apartó de él lentamente.

– ¿Convencido? -repitió ella, que había olvidado la causa de aquel beso.

– Retiro todo lo que he dicho antes -añadió Leo y acarició el cabello de Serena-. Creo que me has demostrado con creces que no me tienes miedo y que tampoco te asustan tus sentimientos.

La realidad golpeó a Serena de pronto como un jarro de agua fría. Se sintió ridícula por haber besado a un extraño y estar aún abrazada a él en aquella terraza.



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