– Tú… tú -tartamudeó de forma incoherente.

– Yo, ¿qué?

– Espero que estés satisfecho ahora -pudo decir al fin.

– Oh, lo estoy, lo estoy -dijo Leo-. Prefiero mil veces más tu pasión que tu mal humor, Serena.

– Esto no ha sido pasión -corrigió ella no muy segura de sus palabras-. Te he besado tan sólo para hacerte callar.

– Si besas asi por compromiso, ¿cómo serán tus besos cuan estés verdaderamente enamorada?

Leo estaba peligrosamente cerca y mantenía la barbilla de Serena entre sus dedos. Ella pudo lil rape con un movimiento brusco.

– Eso es algo que no podras comprobar- dijo dando media vuelta para salir de la terraza.

Serena cerro la puerta de su rurgoneta con violencia y se agachó para recoger sus tres bolsas de la compra. Llevaba tan sólo tres semanas en Erskine Brookes y todo le había salido mal.

La culpa de todo la tenía Leo Kerslake ya que, desde la escena de la terraza, había sido incapaz de olvidarse de él y con demasiada frecuencia su imagen volvía a su memoria.

No había vuelto a tener noticias de Leo desde la boda de Candace y ya habían pasado dos semanas. Se imaginaba que habría vuelto a los Estados Unidos y que no habría dedicado ni un sólo instante a pensar en ella.

Haciendo un gran esfuerzo por apartarle de sus pensamientos, Serena se había concentrado en su nuevo trabajo, pero cocinar para unos cuantos directivos todos los días era algo demasiado fácil nara una cocinera tan sofisticada y experta como ella. Erskine Brookes era un banco regentado por directivos de gustos muy conservadores.

En aquellos momentos, lo único que deseaba era un trabajo que representara un reto y que la hiciera olvidar a Leo; sin embargo, no podía dejar a la banca Brookes, ya que era la única fuente de ingresos con la que contaba. Si alguna vez podía montar su propio restaurante, tendría que trabajar durante bastante tiempo para gente tan aburrida como aquella, pero que, al menos, pagaba bien.



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