
– ¡Es que ya he hecho muchos esfuerzos! -exclamó-. No he hecho otra cosa que sonreír, hablar con los parientes de Candace y Richard y aguantar bromas y conversaciones estúpidas. Les prometí que sería amable con la gente y lo he sido.
Un sonrisa asomó a los labios de Leo.
– Conmigo no lo ha sido todavía.
– ¡No he tenido oportunidad de serlo! -replicó ella, pensando en la cantidad de mujeres a las que él había atendido en toda la tarde-. ¿O es que hay que hacer cola?
Leo no contestó directamente y reflexionó unos instantes.
– Ahora entiendo lo que Richard me contaba so
bre usted. La describe copio un carácter interesante. Serena fue incapaz de discernir si aquellas palabras escondían una crítica o un piropo.
– La gente dice esas cosas cuando no tienen el valor suficiente de decir que no les gustas.
– Pues usted, desde luego, lo tiene -dijo él. -Tan sólo digo lo que pienso -señaló ella con agresividad-. ¡Y si ahora me va a decir lo poco que me pega mi nombre. ahórreselo, por favor!
– No se me había ocurrido -dijo él-. Imagino que tener un nombre como el de Serena Sweeting es curioso.
– Sí, sobre todo cuando no soy ni serena ni dulce -dijo ella, malhumorada.
– Debo confesarle que no es usted como esperaba -comentó Leo, tras unos instantes.
– ¡No me lo diga! Creyó que sería una monada menudita, de las que se apartan constantemente los rizos de los hombros y no paran de sonreír, ¿verdad?
– Más o menos -señaló él con una sonrisa que Serena contestó con otra.
– Entonces, estará decepcionado.
– ¿Quién ha dicho eso? -preguntó con tanta calma que Serena dejó de reír y lo miró directamente a los ojos.
Hubiese querido decir algo inteligente, algo ingenioso que le dejara claro que no iba a caer en sus redes; pero le costó un esfuerzo tremendo apartar los ojos de él.
– Está equivocada con respecto a Richard -dijo Leo, cambiando de tono-. La aprecia mucho, aunque supongo que la encuentra algo agresiva. Cree que usted no aprueba su matrimonio con Candace.
