Serena había hecho lo posible por disimular ante su amiga Candace sus dudas con respecto al matrimonio, pero Candace conocía los verdaderos pensamientos de Serena y, como eran amigas desde hacía mucho tiempo, no se lo tomó mal y le aseguró que, en cuanto lo conociera, le caería mejor.

Sin embargo, Serena no estaba convencida.

– Tan sólo pienso que han precipitado mucho las cosas -dijo a Leo-. Richard le pidió a Candace que se casara con él después de dos días y se conocen de preparar la boda. No es mucho tiempo para decidir si es la persona con la que quieres pasar el resto de tu vida, ¿,no?

– ¿Tampoco cree en el amor a primera vista? -preguntó Leo con el mismo cinismo en su tono de voz.

– No -dijo ella, tras unos segundos de vacilación-. No -corroboró más segura.

– Es usted del tipo precavido -señaló Leo.

Serena pensó en su madre, cuando su se divorció de su padre; en Madeleine, mientras lloraba al teléfono al contarle que su marido la había abandonado; y por último pensó en Alex. Alex, con sus ojos azules, su sonrisa y sus mentiras.

– He aprendido a serlo por el camino.

Leo bebió un sorbo de champán sin dejar de mirarla.

– El amor es un negocio arriesgado, ¿verdad? -señaló él-. Richard y Candace han decidido arriesgarse; hay veces en que hay que hacerlo.

– No hay necesidad -replicó ella, mostrando su desacuerdo.

– Yo no me he arriesgado con el matrimonio-explicó él-. No he encontrado a la mujer que esté dispuesta a arriesgarse más conmigo que con mi dinero.

– Es usted un cínico.

– Lo he aprendido también en el camino -dijo él, repitiendo las palabras de Serena.

– Parece que no nos vamos a acercar al altar más de lo que lo hemos hecho hoy, ¿,verdad? -dijo ella, pensativa.



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