
– ¿Sr. Dunford?
Dunford asintió con la cabeza.
– No puedo decirle qué contento estoy por haberle localizado finalmente, -el abogado dijo alegremente. Miró a Belle con una expresión desconcertada-. ¿ Y esta es la señora Dunford? Fui inducido a creer, que usted no estaba casado, señor. Oh, esto es extraño. Puede ser obstáculo.
– No estoy casado. Ésta es Lady Blackwood. Ella es una amiga. ¿Y usted es?
– Oh, lo siento. -Dijo muy apenado. El abogado sacó un pañuelo y palmeó su frente-. Soy Percival Leverett, de Cragmont, Hopkins, Topkins, y Leverett. -Se inclinó hacia adelante, para dar énfasis adicional al decir su nombre-. Tengo una noticia importante para usted. Muy importante ciertamente.
Dunford agitó sus brazos expansivamente.
– Oigámoslo entonces.
Leverett miró a Belle y su mirada regreso a Dunford.
– ¿Quizá deberíamos hablar privadamente, señor? Ya que la señora, no es su esposa.
– Por supuesto. -Dunford miró a Belle-. ¿No te molesta esperar, sólo será un momento, verdad?
– Oh, de ningún modo, -le aseguró, con su sonrisa diciendo que tendría mil preguntas listas cuando hubieron terminado-, esperaré.
Dunford hizo una señal hacia una puerta que conducía a su estudio.
– Directamente por aquí, Sr. Leverett.
Salieron del cuarto, y a Belle le dio mucho gusto notar que no cerraron la puerta correctamente. Inmediatamente se puso de pie y se movió hacia la silla más cercana a la puerta, ligeramente abierta. Estiró el cuello, intentado oír.
Un barboteo de voces.
Más barboteo.
Y entonces, de Dunford,
– ¿Mi primo qué…?
Barboteo, barboteo.
– ¿…de dónde…?
Barboteo, barboteo, algo que sonó como a Cornualles.
– ¿…cuántas veces…?
No, eso no pudo haber sido "ocho" lo que ella oyó.
– ¿…y él me dejó qué…?
Belle aplaudió. ¡Qué encantador! Dunford acababa de obtener una herencia inesperada. Esperó que fuese un buen suceso. Justamente uno de sus amigos de mala gana había recibido en herencia a treinta y siete gatos.
