
El resto de conversación fue imposible de descifrar. Después de algunos minutos los dos hombres terminaron de hablar, y se estrecharon la mano. Leverett apartó de un empujón algunos escritos en su caso y dijo,
– Tendré el resto de documentos enviados tan pronto como sea posible. Necesitaremos su firma, por supuesto.
– Por supuesto.
Leverett asintió con la cabeza y regresó al cuarto.
– ¿Qué te dejaron? -Belle exigió.
Dunford parpadeó pocas veces, como si todavía no pudiese creer lo que acababa de oír.
– Parece que acabo de recibir en herencia una baronía.
– ¡Una baronía! Córcholis, voy a tener que llamarte Lord Dunford ahora, ¿verdad?
Él puso los ojos en blanco.
– ¿Cuándo fue la última vez que te llamé Lady Blackwood?
– Hace diez minutos, -dijo ella impertinentemente-, cuándo me presentaste al Sr. Leverett.
– Touché, Bella. -Se recostó en el sofá, sin esperar a que ella se sentase primero-. Supongo que me puedes llamar Lord Stannage.
– ¡Válgame Dios! Stannage, -ella se quejó-. Qué perfectamente distinguido. Willian Dunford, Lord Stannage. -Sonrió diabólicamente.
– ¿ Es William, verdad?
Dunford bufó. Lo llamaban por su nombre de pila tan raras veces, que era un chiste familiar el no poderlo recordar.
– Le pregunté a mi madre, -contestó finalmente él-. Dijo que cree que es William.
– ¿Quién murió? -le preguntó Belle francamente.
– Alguna vez has tenido tacto y refinamiento, mi estimada Arabella.
– Bien, obviamente no pareces lamentar la pérdida de túpariente lejano, del que hasta ahora no conocías su existencia.
– Un primo. Un octavo primo, para ser exacto.
– ¿Y no pudieron encontrar un pariente más cercano? -preguntó ella incrédulamente-. No es que tenga envidia de tu fortuna, claro está, pero realmente es extenderse.
