– Parecemos ser una familia de potrillas.

– Gracias, -masculló sarcásticamente ella.

– Termina los sarcasmos, -dijo él, ignorando su mofa-, ahora tengo un título y una pequeña hacienda en Cornualles.

Así que ella había escuchado correctamente.

– ¿Has ido alguna vez a Cornualles?

– Nunca. ¿Has estado tú?

Ella negó con la cabeza.

– He oído que es realmente dramático. Los acantilados y las olas derrumbándolos. Muy incivilizado.

– ¿Qué tan incivilizado podría ser, Belle? Ésta es Inglaterra, después de todo.

Ella se encogió de hombros.

– ¿Vas a ir allí, a visitarlo?

– Supongo que debo. -Él golpeó ligeramente su dedo contra el muslo-. ¿Incivilizado, dices? Probablemente lo adoraré.


* * * * *

– Espero que él odie estar aquí, -dijo Henrietta Barrett, tomando un feroz mordisco a su manzana-. Espero que realmente destete este lugar.

– Ya, ya, Henry, esa actitud no es propia de ti, no es muy caritativo de tu parte. -Le dijo escandalizada la señora Simpson, el ama de llaves de Stannage Park.

– No me siento tremendamente caritativa por el momento. He metido una buena cantidad de trabajo en Stannage Park.

Los ojos de Henry se enrojecieron tristemente. Había vivido en Cornualles desde los ocho años, cuando sus padres habían muerto en un accidente de carruaje en su ciudad natal de Manchester, dejándola huérfana y sin dinero. Viola, la esposa del barón, era la prima de su abuela y amablemente había acordado acogerla. Henry inmediatamente se había enamorado de Stannage Park, de la piedra pálida del edificio, las ventanas vibrantes, los grandes jardines.

Y así es que Cornualles se había convertido en su casa, más de lo que fue Manchester alguna vez. Viola se había entusiasmado por ella, y Carlyle, su marido, se convirtió en una distante figura paternal. Él no paso una buena cantidad de tiempo con ella, pero siempre tuvo una palmada acogedora en la cabeza lista cuando entraba en el vestíbulo. Cuando tuvo catorce, sin embargo, Viola murió, y Carlyle estaba muy afligido.



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