Habían pasado la tarde en una hostería de Saint Albin (o quizá de otro pueblo de nombre parecido). Cuando caía la tarde se asomaron a la ventana, para mirar el lago antes de irse.

– No es tan grande como el de Aix o el de Annecy, pero a mí me gusta más -dijo Chantal-. Por lo salvaje, a lo mejor.

Asintió Maceira, aunque no tenía opinión al respecto. «Debe de ser muy lindo» se dijo «pero me parece menos alegre que los otros.» Lo flanqueaba una montaña a pique y el crepúsculo rápidamente lo sumía en la penumbra.

– Cuando estamos juntos me olvido de todo. No te dije que vamos ganando la partida. Maceira preguntó:

– ¿Qué partida?

Explicó Chantal que no solamente se tomarían nuevas muestras de agua de diversas zonas del lago Le Bourget, sino que al día siguiente un zoólogo y un botánico, propuestos por el partido ecologista, bajarían con el propio señor Cazalis al lecho del lago, para recoger especimenes de la fauna y de la flora. Comentó Chantal:

– Lo malo es que mi padre tiene mucha plata.

– ¿Qué hay de malo en eso?

– Por plata la gente reniega de sus convicciones -afirmó la muchacha, en el tono grave que empleaba para hablar de ecología-. Por honestos que sean nuestro zoólogo y nuestro botánico…

– ¿Tu padre puede comprarlos?

– ¿Por qué no? Para estar completamente seguros tendría que bajar yo, o Benjamín. Mi padre se opone a que yo baje. No porque me quiera, sino porque piensa que él y yo no debemos correr al mismo tiempo el mismo riesgo. Si morimos los dos, la fábrica pasa a otras manos, idea que no le entra en la cabeza.

– ¿Y a Benjamín no lo acepta porque le tomó rabia?

– La que se opone soy yo. Benjamín es demasiado viejo. Bastan unos granitos de sal para darle un golpe de presión. Si le pasa algo allá abajo y debe subir rápidamente, el pobre viejo estalla.



10 из 233