
Desde luego, no pasaban juntos las horas que Chantal dedicaba al partido ecologista; pero después, con toda franqueza, la muchacha le contaba vicisitudes de la campaña contra la fábrica paterna. En una ocasión comentó que activistas del sindicato obrero mandaban cartas amenazadoras.
– ¿A quién? -preguntó Maceira.
– A mí, es claro. Y al pobre tío Benjamín, como llamo a Languellerie.
Aunque no faltaban justificadas alarmas, tanto por las amenazas de las cartas como por la acumulación de gastos, aquélla fue una época feliz. Maceira llegó a sentirse un poco asombrado por el desarrollo triunfal de su vida.
– Como comprenderás, yo no podía reconocerlo.
– No comprendo.
– Por superstición, es claro. Soy más supersticioso que un artista y pensé que admitir mi buena estrella iba a traerme mala suerte. Que tuve suerte, la tuve -sentenció, aparentemente olvidado de su código supersticioso-. ¿O te parece que exagero? Querido por una mujer tan linda como rica, dispuesta siempre a darme pruebas de su preferencia y a contar, a quien quisiera oírla, sus planes para cuando nos casáramos… Mi único temor, es claro, era que la boda no llegara a tiempo. Quiero decir, antes de que se me acabaran los francos. Lo cierto es que la pura casualidad me brindó a esa mujer espléndida en todo sentido. Si me dijeran lo que gasté solamente en nafta para el Delahaye de Chantal, caigo muerto.
Compensaciones no le faltaban. La muchacha le prestaba el auto para que a la noche volviera a su hotel. Por tarde que fuera, al volante de ese Delahaye, de doce cilindros, no se apuraba, porque se veía como «el gran favorito del destino» y quería gozar conscientemente de la situación.
Si recapacitaba comprendía que los agradables momentos que estaban viviendo lo llevarían fatalmente al triunfo o a la derrota; al matrimonio o a la falta de fondos y la retirada: lo que llegara primero. Un hecho imprevisto cambió las cosas.
