En la confianza de que no le permitiría bajar, Maceira se ofreció. Su novia se mostró agradecida.

– No quiero forzarte -dijo él-. A lo mejor no confías en mí.

– ¡Cómo no voy a confiar!

– Si todo hombre tiene un precio…

– De eso estoy segura, pero sé que hay excepciones y yo te quiero.

Le quedó la satisfacción de que Chantal confiara en él. En todo caso, lo abrazó y lo besó más cariñosamente que nunca. Pidieron champagne.

– Por tu coraje -brindó la muchacha.

– Por nuestro amor.

– Por nuestro amor y la ecología.

Tanto lo mimaron esa noche que después de dejar en Chambéry a Chantal volvió a Aix en una suerte de arrobamiento, sin acordarse de su ingrato programa para el día siguiente. En el preciso momento de entrar en la habitación, en el hotel, el arrobamiento se disipó. Se diría que el miedo estaba esperándolo.

A lo largo de la noche las ganas de fugarse lo acometieron en forma de accesos o arrebatos. Poco antes de las tres de la mañana tuvo un arrebato más convincente que los anteriores; se levantó de la cama y empezó a preparar las valijas. Era curioso: mientras las preparaba, desaparecía la angustia. Lo que no le permitió calmarse del todo fue la excitación de saberse a punto de estar a salvo. Ya empuñaba sus dos valijas, cuando se preguntó: «¿Quiero renunciar a mi casamiento con Chantal Cazalis?». No, no quería. Argumentó a continuación que este descenso al lecho del lago, prueba irrefutable de lealtad y coraje, le daría autoridad para fijar la fecha del casamiento y evitar así el riesgo de quedar sin fondos y verse en la obligación de emprender una retirada poco airosa.

Reflexionó: «En la relación con una mujer rica, en cuanto el hombre se descuida, la mujer es el hombre. Una prueba de coraje varonil tal vez pueda restablecer las cosas».



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