A lo largo de su noche de insomnio, muchas veces reapareció el miedo y muchas lo reprimió. Hacia la madrugada reflexionó que si el señor Cazalis, un botánico y un zoólogo, se mostraban dispuestos al descenso, el peligro no sería tan grande. Con estos pensamientos tranquilizadores consiguió el sueño. Al despertarse dijo: «Sin embargo, Chantal no quiere que baje Languellerie, ni Cazalis quiere que baje su hija, que es más fuerte que un caballo». La expresión no probaba que en su fuero interno no quisiera a Chantal. Probaba lo que sabemos todos: el que se asusta, se enoja.

El despertador sonó a las seis. Maceira se asomó a la ventana: era aún de noche; llovía; ráfagas de viento estremecían las copas de los árboles. «Con un tiempo así probablemente suspendan el experimento. Ojalá.»

Se bañó, se peinó con briolina, se vistió. Tardaron un rato para servirle el desayuno. No lo trajo la mujer de siempre, sino un individuo que por lo general trabajaba de changador en el hotel.

– Tengo algo más -anunció el hombre; rápidamente salió del cuarto y volvió con un voluminoso envoltorio-. Lo dejaron en portería. Es para usted.

No bien se fue el changador, Maceira abrió el envoltorio y se encontró con un traje de hombre-rana, con su escafandra. «La confirmación de que el plan se cumple», dijo con un hilo de voz. «Es claro que si el mal tiempo sigue… No, no quiero ilusionarme.» Como para confirmar el aserto, se puso el traje de hombre-rana. Se asomó al espejo. «Prefiero el smoking», murmuró y empezó a desayunar. El café estaba tibio. «Qué importa. Aunque no por mi culpa, voy a llegar después de las siete y a lo mejor a Cazalis no le gusta esperar. No debo hacerme ilusiones.» Cuando mojó la medialuna en el café con leche, tuvo un pensamiento que le pareció ridículo pero que le humedeció los ojos. «Quizá mi última medialuna», se dijo. La miró enternecido.

Cuando entregó la llave, Felicitas -se llamaba así la hotelera- comentó en tono de broma:



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